La supuesta apoliticidad del liberalismo

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EL PENSAMIENTO ER4LEN ÍN DE SIGIO Varios Autores Coordinado por Francisco Sanabria Martín y Enrique de Diego ^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^ C O L E C C I O N

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EL PENSAMIENTO ER4LEN ÍN DE SIGIO

Varios Autores Coordinado por Francisco Sanabria Martín y Enrique de Diego

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C O L E C C I O N

Veintiuno W C 0 L E C C I 0 N

Dirigida por Francisco Sanabria Martín

Títulos publicados: • EL FUNDAMENTALISIMO ISLÁMICO. • EUROPA: UN ORDEN JURÍDICO PARA UN FIN POLÍTICO. • RECONQUISTA DEL DESCUBRIMIENTO. • NUEVOS TIEMPOS: DE LA CAÍDA DEL MURO AL FIN DEL SOCIALISMO. • LA GALICIA DEL AÑO 2 0 0 0 .

• ESPAÑA ANTE EL 93. UN ESTADO DE ÁNIMO. • LOS AÑOS EN QUE NO SE ESCUCHÓ A CASANDRA. • EL IMPULSO LOCAL. • LA LUCHA POLÍTICA CONTRA LA DROGA. • LA UNIÓN EUROPEA CADA SEMANA. • EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA, DEL IV AL VI CENTENARIO

(TOMO I). • EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA, DEL IV AL VI CENTENARIO

(TOMO II). • EL DISCURSO POLÍTICO. RETÓRICA-PARLAMENTO-DIALÉCTICA. • EMPRESA PÚBLICA Y PRIVATIZACIONES: UNA POLÉMICA ABIERTA. • LENGUAS DE ESPAÑA, LENGUAS DE EUROPA. • ESTUDIOS SOBRE CARL SCHMITT. • EL POLÍTICO DEL SIGLO XXI. • LA PROFESIONALIZARON EN LOS EJÉRCITOS. • EL PENSAMIENTO LIBERAL EN EL FIN DE SIGLO.

© 1997 F u n d a c i ó n C á n o v a s del Casti l lo Colec c ión V E I N T I U N O

M a r q u é s de la Ensenada , 14, 3 o , Pta. 25 2 8 0 0 4 M a d r i d

I S B N : 8 4 - 8 8 3 0 6 - 3 0 - X D ep ós i to Legal : A V - 6 6 - 1 9 9 7

P r o d u c c i ó n : J o s é M a n u e l de T o r r e s Diseño Cubier ta : JA'af (91/897 82 40)

Impreso en Miján, Industrias Gráficas Abulenses, S . L .

Esperanza Aguirre • José María Michavila • Dalmacio Negro • Enrique de Diego • Paloma de la Nuez

Jerónimo Molina • Jesús Huerta de Soto • Eduardo Nolla • José Eugenio Soriano • Guillermo Gortázar

• Francisco Sanabria

E L PENSAMIENTO LIBERAL

E N E L FIN DE SIGLO

Oeintiuno

ÍNDICE

PRESENTACIÓN. Francisco Sanabria /Enrique de Diego 7

INAUGURACIÓN DEL CURSO. Esperanza Aguirre Gil de Biedma 9

Capítulo I . EL BIENESTAR AL SERVICIO DE LA SOCIEDAD. José María Michavila 13

Capítulo I I . EL LIBERALISMO, LA «IZQUIERDA» DEL SIGLO X X I . Dalmacio Negro Pavón 27

Capítulo I I I . LOS LIBERALES ESPAÑOLES, ANTE LOS NUEVOS TIEMPOS. Enrique de Diego 69

Capítulo IV EL NEOLIBERALISMO. Paloma de la Nuez 79

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Capítulo V LA SUPUESTA APOLITICIDAD DEL LIBERALISMO. Jerónimo Molina Cano 89

Capítulo V I . ESTATISMO Y CORRUPCIÓN ÉTICA. Jesús Huerta de Soto 123

Capítulo V I L LA CRISIS DE LA DEMOCRACIA Y LA SOLUCIÓN LIBERAL. Eduardo Nolla 155

Capítulo V I I I . ESTADO DE DERECHO Y DEMOCRACIA. NOTAS SOBRE U N A TENSIÓN CRECIENTE. José Eugenio Soriano 173

Capítulo IX . EL N U E V O MARCO GENERAL DE LA COMPETENCIA Y DE LA ACCIÓN POLÍTICA: LA ECONOMÍA GLOBAL. Guillermo Gortázar 183

Capítulo X. BASES DOCTRINALES DE U N CENTRO REFORMISTA. Francisco Sanabria Martín 191

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PRESENTACIÓN

Francisco Sanabria (Director)/Enrique de Diego (Codirector)

Entre los días 8 y 12 de julio de 1996, en la Universidad Euroame-ricana «Marqués de Santillana», se celebró un curso sobre «El pensa­miento liberal en el f in de siglo», con la actuación de diez ponentes y el desarrollo de otros tantos coloquios, que resultaron vivos y anima­dos por la intervención muy interesada de los asistentes.

Se recogen en este libro, con el mismo título genérico, las conferen­cias pronunciadas entonces, algunas retocadas después por sus autores a la vista de las sugerencias, argumentos, dudas o peticiones de aclara­ción de los participantes en el curso. El interés de éstas aconsejaría su inclusión, pero su amplitud lo hace imposible por razones de espacio.

Acaso el orden de presentación de los trabajos no sea metódica­mente el que debería seguirse en la obra de un solo autor. Hemos pre­ferido sin embargo conservar el orden en que las exposiciones se desa­rrollaron, porque esa sucesión conserva la espontaneidad de lo vivido, sin que resienta en modo alguno la unidad del conjunto, que de mane­ra muy coherente presenta un panorama del liberalismo en este crítico tiempo de tránsito finisecular.

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que la libertad es, para muchos, una pió destino supone muchos riesgos y absoluto, garantiza la felicidad. Pero la única vida humana digna es la que

pesada carga. Que labrarse el pro-una radical inseguridad, y que, en también están persuadidos de que se vive en libertad.

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Capítulo V LA SUPUESTA APOLITICIDAD

DEL LIBERALISMO

Jerónimo Molina Cano. Licenciado en Derecho y en Ciencias Políticas. Profesor Universitario.

En 1944, y sin ninguna ironía, quiso dedicar F. Hayek su libro Camino de servidumbre «a los socialistas de todos los partidos». El autor percibía ya claramente una de sus tesis más notables, la de la fatal arrogancia del socialismo. A partir de este momento se asentó la convicción, al principio en pequeños círculos, de que el socialismo había sido producto de un lamentable error intelectual, que nada tenía que ver con la pureza de intención de sus teóricos. Esta afirmación, que fue sin duda un paso importante para la comprensión de esta ideo­logía -¿por qué tan pocos economistas o sociólogos han aplicado al socialismo un poco de su propia ciencia?!-, apenas si sirve hoy para poner sobre la mesa algo que ya se sabía como enunciado general: que los yerros tienen consecuencias. Fuera de esto, conviene recordar que una teoría científica, por contrastada que esté, nunca podrá garantizar que la gente vaya a dejar de equivocarse. Lo que queremos decir es

(1) Entre los economistas que sí lo hicieron cabe citar a L . Mises y a sus discípulos F . H a y e k y M . R o t h b a r d . Entre los sociólogos son referencia obligada R a y m o n d A r o n o Julien Freund.

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que en el tema de la revolución liberal contemporánea no cabe el opti­mismo desbordante que se ha percibido en ciertos ambientes. Este ha de ser el punto de partida de nuestro análisis.

En nuestra opinión, la recuperación del pensamiento liberal sigue siendo una cuestión pendiente para las nuevas generaciones. No en vano, la mentalidad predominante hasta ahora ha sido la estatista, según la cual la política sería de la exclusiva competencia de los Estados. Al hablar aquí de «recuperación» no se recomienda la mimesis de algo muerto o desusado - la falacia tradicionalista- sino, fundamen­talmente, la aprehensión, desde nuestra situación histórica actual, de la forma liberal de entender la política, que no ha de ser, según se mos­trará, ni necesariamente estatista, ni necesariamente antipolítica.

1 . EL LIBERALISMO, U N A TRADICIÓN FRAGMENTADA.

1.1. Los enemigos de las libertades formales. El siglo que estamos a punto de despedir no ha ahorrado críticas al

liberalismo. Conservadorismo y progresismo, derechas e izquierdas, han querido ver en él al enemigo a batir. Para lo que ahora nos intere­sa, debemos centrar nuestra atención en dos de los nuevos elementos histórico-ideológicos que se incorporaron a la realidad política euro­pea y que fueron capaces, en muy poco tiempo, de transformarla. Nos referimos al industrialismo y al romanticismo político, que desde pers­pectivas distintas confluirán en la crítica de las libertades formales, específicamente liberales.

En cuanto al advenimiento de la sociedad industrial, no parece oportuno repetir aquí su génesis. No obstante, es importante notar que la política moderna (el Estado, las libertades individuales, las relaciones interestatales) no podía permanecer ajena a las transformaciones del ambiente. En nuestro siglo, Raymond Aron no dejó de interrogarse a lo largo de su vida sobre el destino del liberalismo esencial en el marco de esta época histórica. ¿Sobrevivirían las libertades liberales a la homoge-neización propia de las democracias masificadas y de las sociedades tec-

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niñeadas ? ¿Acaso dicen algo estas libertades al homúnculo que retratan en sus ensayos los sociólogos y filósofos posmodernos?

El problema, con mayor o menor detalle, estaba apuntado desde mucho antes de la I Guerra mundial. El liberalismo ya se impugnaba en Inglaterra, entre otros, por los lectores fabianos de autores como J . S. Mili o J . Bentham. En el continente europeo, paralelamente, era rechazado por todos los socialistas, viniesen éstos de Marx o de los disidentes de la I Internacional. Es sorprendente lo que entonces se observa: las ideologías antiestatistas2 del momento -antipolíticas, para ser más exactos- imputan al liberalismo los males que, con mayor o menor fortuna, había intentado limitar, a saber: el miedo a la violencia y a la arbitrariedad de los gobiernos. Tiene así principio lo que, más adelante, se convertirá en uno de los topoi políticos más característicos del siglo X X : la denuncia de las libertades políticas formales desde el planteamiento utópico de una libertad pura y universal. Después de 1919, con más de media Europa horrorizada por la guerra de trinche­ras y convertida al pacifismo, siguió creciendo el rechazo del liberalis­mo, identificado, en un tour de forcé, con la vieja diplomacia secreta y con la política de poder.

Desde sectores antidemocráticos y contrarrevolucionarios, sin embargo, también se hará cargar al liberalismo, reducido sistemática­mente al neutralismo político, con el debe de los desórdenes promovi­dos por los movimientos revolucionarios, cuyo desarrollo, se argumen­ta, habría sido alentado por la tolerancia del constitucionalismo plura­lista. ¿Cómo puede explicarse que, al mismo tiempo, el liberalismo sea asimilado, bien a la violencia o a la opresión, bien a la indolencia o a la decadencia? Lo primero ya ha sido aclarado. Con respecto a lo segun­do, la clave está en el romanticismo político con tintes nihilistas que conoce su climax en las primeras décadas del siglo. Estas ideologías declararon la guerra a la tradición europea, con la intención de supe-

(2) E n teoría , desde socialismo guildista hasta el fourierismo, sin olvidar, por supues­

to, al marxismo.

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rar un mundo que, según se decía, había sido puesto en entredicho por los acontecimientos. El grueso del ataque estaba dirigido contra las libertades formales del Estado liberal. Las libertades individualistas se veían como una mistificación de las verdaderas libertades, aquéllas que tenían por sujeto a entidades como el pueblo o la nación. Frente al hombre abstracto y cosmopolita de las declaraciones de derechos, las ideologías románticas, que naturalmente desembocarían en el estatis­mo, reivindicaban la comunidad en la lengua y la íntima solidaridad del pueblo.

1.2. Los amigos de las libertades materiales. Aparte del común cuestionamiento de las libertades formales libe­

rales, el izquierdismo sobrepasó al derechismo en la reivindicación de las llamadas libertades materiales. Éstas, definidas inicialmente de una forma tan vaga que permitiese los más diversos contenidos, se van ajustando a las necesidades del momento sin ningún tipo de escándalo lógico. Estas libertades nuevas y verdaderas facultarían al individuo para un dominio real de sí mismo. Este enunciado, simple en aparien­cia, comprende en estado germinal la planificación económica y la res­tricción de las libertades personales.

La crítica genérica principió por la impugnación de las libertades económicas, normalmente a cargo de personas con escasa formación económica y menor instrucción histórica, mas con tanta ventura que incluso conspicuos liberales como I. Berlín, imbuidos de ese espíritu, escribirán sin empacho que «no es necesario subrayar hoy día -creo y o - la sangrienta historia del individualismo económico y de la compe­tencia capitalista sin restricciones»3. Las libertades económicas, en su libre desenvolvimiento, serían las responsables de las nuevas formas de

(3) V i d . I . Ber l in , Introducción a Cuatro ensayos sobre la libertad, p. 4 7 , Al ianza , 1988. C f r . M . N . R o t h b a r d , La ética de Li libertad, y su demoledora crítica de la superfi­cialidad del planteamiento ber l iniano de los dos conceptos de l ibertad, cap. X X V I , Unión Edi tor ia l , 1996.

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miseria -pobreza masiva; desórdenes urbanísticos que afeaban las ciu­dades; menoscabo del medio ambiente; deterioro de la moral familiar por el hacinamiento de las personas; aldeas desmedradas y tradiciones rurales destruidas-.

La decepción y el miedo producto del industrialismo inducen a muchas mentes notables a creer que existe una especie de necesidad histórica según la cual las libertades positivas serían la culminación de las libertades entendidas como ausencia de coacción. Más tarde, este mismo planteamiento será esgrimido en sus tratados por no pocos constitucionalistas, quienes lo utilizarán para dotar al Estado providen­cia de una legitimidad de la que carecía. El argumento era endiablada­mente sencillo y eficaz: el Estado social perfecciona, como exigencia de la democracia, el Estado de derecho liberaB. Pero no todos los juristas y filósofos cayeron en el mismo error que los amigos de las libertades materiales sobre los fines de la política, pues, en cuanto acti­vidad orientada a la limitación de la violencia, la política no es una téc­nica para solucionar los problemas económicos (o morales, o artísticos, o científicos, según idéntico razonamiento). Una cosa es que el hombre pueda liberarse, siempre en precario y provisionalmente, del miedo a la violencia, y otra, harto diferente, que haya alguna fórmula política capaz de emanciparnos del miedo a la necesidad^.

Los «proyectómanos», sin embargo, proclamaron con éxito los derechos positivos o derechos sociales. Una vez que el constitucionalis-

(4) C f r . W . Abendroth , «El Estado de derecho d e m o c r á t i c o y social como proyecto polít ico», y E . Forsthoff, «Problemas constitucionales del Estado social» ; ambos artículos es tán recogido en A b e n d r o t h , F r o s t h o f f y D o e h r i n g , El Estado social, C E C , 1986 . Mientras que en el primero se sostiene la continuidad si no lógica, al menos histórica de E s t a d o social y E s t a d o l iberal de d e r e c h o , en el segundo se r a z o n a c o m o sigue: lo «social» es u n cuerpo e x t r a ñ o en la estructura del Estado de derecho, por eso en la expe­riencia constitucional termina imponiéndose una versión u otra, la socialista o la liberal.

(5) Otros razonamientos convergentes en M . N . R o t h b a r d , op. cit., p. 65 (libertad vs . p o d e r ) ; R . A r o n , Essai sur les libertes, ( n o - l i b e r t a d vs . n o - c a p a c i d a d ) , p . 2 0 0 , Calmann-Lévy , París, 1991 ; J . M a r í a s , La justicia social y otras justicias, (privación vs. carencia) , p. 15, Espasa-Calpe , 1979.

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mo liberal del siglo X I X se eclipsó, la ideología socialista de los dere­chos de prestación arraigó en las constituciones de nuevo estilo, las del régimen que de una manera impremeditada y paradójica se denominó sozialer Rechtsstaat.

La incuria de muchos historiadores y la fortuna de la Agitprop (agi­tación y propaganda antiliberal), lograron dar apariencia científica al mito del anticapitalismo. A su vez, este monstruo maquinista e inmoral del capitalismo -responsable de un aumento sin precedentes del nivel de vida de las clases populares- se utilizó para legitimar una amplia­ción exorbitada de las prerrogativas gubernamentales. La coartada de la distintas especies de socialismo de Estado sería, sin más elaboración, la salvaguardia y promoción de aquellos hombres cuya alienación había sido dictaminada por la ideocracia anticapitalista. Este ambiente era naturalmente propicio a que toda carencia humana fuese intepreta-da por los vates futuristas del socialismo como una privación y un abuso. Así, los años que mediaron entre el final de la I I Guerra mun­dial y la década de los 80, fueron especialmente decisivos: son los años de la planificación económica y del capitalismo de la tercera vía, estilo Galbraith. También de la hipertrofia de las reglamentaciones jus-socia-les. Parecía que en Occidente se había eclipsado el astro de la libertad y generalizado la idea de que el intervencionismo económico, presidi­do por las buenas intenciones, sólo podría tener efectos beneficiosos.

Entretanto, la intelligentzia europea, con residencia en Roma o París, a cuyas prensas daba los libros que le permitían vivir conforta­blemente en una economía libre, difundía las bondades de la vida coti­diana en la patria de los «soviets». Para cuando los estalinistas occiden­tales empezaron a comprender el trágico significado de las libertades materiales, el daño ya estaba hecho. Mas no hubo arrepentimiento espontáneo, ni siquiera mecánico, después del X X congreso del PCUS. Parafraseando a D. Ridruejo, poeta y buen conocedor del totalitarismo y de su enorme poder sugestivo, cabe preguntarse si el motivo por el que los amigos de las libertades materiales dejaron de hacerse estalinis­tas era, simplemente, que no habían llegado a tiempo.

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1.3. La usura del tiempo. El liberalismo político es una forma de entender la política, o sea,

un modo de vida. Entonces, ¿es posible ser liberal en unas sociedades escasamente liberales, cuando no antiliberales? Se puede decir que esta interrogante le subyace a toda la literatura liberal desde los años 40. Aunque no haya sido formulada expresamente, no es menos cierto que ése es el contexto espiritual de obras como Los fundamentos de la libertad (Hayek) o Ensayo sobre las libertades (Aron). Como quiera que el liberalismo político tiene más que ver con los hábitos, persona­les y colectivos, que con la proyección científica de utopías sociales, parece probable que cuando la sociedad deje de ser liberal el ciudada­no ya no podrá serlo. Además, si un modo de vida muere ¿cómo revi­vir sus usos mentales? Estos riesgos, que se veían tan cercanos hasta los años 70, acaso están hoy conjurados. Sin embargo, nada hay seguro en las cosas humanas. En cualquier caso, ha ocurrido algo tan elemental como la renovación del material humano y el desarrollo espiritual de algunas generaciones en un entorno estatista.

Incluso si el liberalismo no hubiera recibido los ataques modernos, cada tiempo y cada tipo humano no habrían podido escapar a una dis­yuntiva histórico-sociológica ineludible: dinamitar un estilo de vida -juvenilismo; contracultura- o renovarlo, haciéndolo propio. Lo que está claro es que en ninguno de los dos supuestos el caudal de la tradi­ción permanecería intacto. A esta usura del tiempo, tal vez, quería res­ponder L . von Mises insistiendo en la difusión de ideas.

Por otro lado, las guerras totales de la época planetaria y la liquida­ción del viejo derecho público europeo -criminalización de la guerra, no distinción entre combatientes y no combatientes, no utilización del tratado de paz-, junto a la hipertrofia de las prerrogativas del Estado, han dificultado extraordinariamente la percepción de la política como un arte de prudencia que somete a determinadas constricciones al ciu­dadano y al gobernante. La nueva época supone una política tecnifica-da, que parece haber colmado el sueño saint-simoniano de que la polí­tica dejara de ser el gobierno de las personas para convertirse en la

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administración de las cosas. Por cierto que esto sólo ha sido posible en virtud de la objetivación de la realidad operada por el derecho estatal.

1.4. La ilusión del éxito. Desacreditados los marxismos imaginarios, incluido el del socialis­

mo democrático, así como el intervencionismo económico, cabría pen­sar que al liberalismo le han dejado los rivales expedito el camino. En realidad ésta es una falsa impresión que suele ser difundida por la van­guardia intelectual de las ideologías en bancarrota. De hecho, éstas insisten en que el liberalismo triunfante sería una amenaza para el plu­ralismo. Así, al modo de vida que se organizó sobre la aceptación del contrario se le reprocha ahora un supuesto carácter anti-ilustrado, anti-progresista, homogeneizador. No pretendemos aquí pasar por alto las imperfecciones de los regímenes liberales y pluralistas, pero, como recordaba Aron, si bien es justo criticar al gobierno de una sociedad libre por algunas detenciones ilegítimas, está claro que la instituciona-lización de la arbitrariedad revela la esencia de un sistema totalmente distinto. Este razonamiento, que a un neoliberal radical le puede pare­cer inaceptable, es en realidad el producto de una máxima de pruden­cia: las políticas de máximos -«o la libertad absoluta o no hay liber­tad»- son propias del pensamiento utópico 6.

Al margen de su contenido ideológico, la misma idea de la victo­ria definitiva encierra un burdo sofisma político. El liberalismo, ya lo

(6) L a s políticas de máximos encuentran su ocasión cuando un colectivo humano se asienta en u n espacio que no está lastrado por las servidumbres de la historia (institucio­nes, privilegios, usos mentales). U n caso sobradamente conocido es la fundación de los Estados Unidos de Améric a . A finales del siglo X V I I I en E u r o p a era inconcebible una fundación política de esas características. H o y , por idénticos motivos históricos, tampo­co es posible en los E E . U U . Sorprende constatar c ó m o el norteamericanismo entendido c o m o una ideología m á s o menos difusa que, en última instancia, comparten todas las familias de d e m ó c r a t a s y republicanos, es un utopismo antihistórico, atenazado por una especie de complejo de Peter Pan. U n a sociedad anarco-capitalista fundada en los dere­chos absolutos de propiedad, según el modelo propuesto por R o t h b a r d , ya no es posible (al menos en el planeta T i e r r a ) .

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hemos señalado, es un modo de entender la política. Es, por decirlo así, una de las políticas posibles. Parece, pues, que con liberalismo o sin él, la política seguirá siendo una actividad humana. Apenas un tercio de la humanidad vive en sociedades que se pueden considerar libres. En ellas el hombre sigue luchando por el poder. Asimismo, la política, inexorable, nos sigue demostrando por qué a los antiguos les horrorizaba la corrupción y transformación de los regímenes. Todavía seguimos esperando el reino de la paz perpetua y la amistad entre los pueblos y las razas. También, por qué no, la república democrática universal.

Aristóteles decía bellamente que la política se fundaba en la urgen­cia del vivir. Es razonable admitir que problemas/urgencias como los de la violencia, los de la ambición, los de la deslealtad y tantos otros se darán también en el paraíso de las libertades, lo mismo que se dieron en las patrias soviéticas. Creyeron lo contrario quienes, como los socialistas, aspiraron a sustituir la política por su ideología.

2. NUESTRA SITUACIÓN HISTÓRICA

El liberalismo no es una filosofía eterna sino que, siendo su sustan­cia histórica, es el pensamiento práctico de un ordena. Así, dictaminar sobre sus posibilidades históricas y su sentido actual exige que previa­mente sean aclaradas las condiciones de partida del ejercicio de la inte­ligencia política. A grandes rasgos, nuestra situación histórica podría quedar resumida en la crisis de la estatalidad, en el prestigio de la polí­tica de abstracciones y en la quiebra de la homogeneidad de la inteli­gencia y del discurso políticos.

(7) E l filósofo y p o l e m ó l o g o francés J . F r e u n d ha visto el liberalismo « c o m o el pen­samiento de u n orden, es decir, una manera de organizar la c iudad que determina u n cierto comportamiento polí t ico, a saber: el del hombre libre». V i d . La pensée libérale, en Kwartaalschrift , p. 4 1 3 , vol . 5 , n° 4, 1975 , Diepenbeek.

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2.1. El estado de crisis. La crisis de la estatalidad y las amenazas que, para la vida personal,

se derivan, supuestamente, del angostamiento de las posibilidades históricas de las estructuras estatales, han de ser, por su omnipresencia, nuestro punto de arranque.

De entrada, la «crisis de la estatalidad» se refiere, más que al tantas veces anunciado agotamiento del Estado, al hundimiento, en política, de la manera típicamente mecanicista y abstracta de enfrentar los pro­blemas de la violencia y del bien común. Esta transformación de los viejos usos mentales, interpretada erróneamente como indigencia del pensamiento, es en definitiva lo verdaderamente importante. Para las viejas categorías del conservadurismo, de derechas o de izquierdas (Hayek dixit), la disputa pseudoconstitucional sobre la legitimidad del Estado social parece ser el tema de nuestro tiempo. Se trata, empero, de un falso problema. El dilema de las élites estatistas que luchan por el control del Estado social, bien para radicalizar su acción, bien para reformarlo y hacerlo más austero y eficaz, es un puro bizantinismo. Actualmente, la lucha históricamente relevante es la del antiestatismo contra la defensa del statu quo.

La irrupción de nuevos usos mentales en política es un drama per­sonal, reconozcámoslo, para los individuos cuya visión del mundo res­ponde al viejo estilo, para quienes, espiritualmente, son producto de otra pedagogía política. Sin embargo, toda crisis supone, en términos generacionales, la posibilidad histórica de transformar el mundo, de romper con un modo de vida que estética e intelectualmente se ha hecho insoportable. Para nosotros, pues, la crisis de la estatalidad -su estado de desfallecimiento crónico- está propiciando unas condiciones de visibilidad histórica, con las que ni el más optimista habría soñado hace apenas 20 años. Está al alcance de muchos, y no sólo por el desa­rrol lo de la técnica, la comprobación de que existe vida fuera del Estado, es decir, que la política y, por supuesto, el bien común no son monopolio de la vieja máquina burocrático-militar. En este sentido, es preciso reconocerle al anarco-capitalismo, como mínimo, su contribu-

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ción a la desmitificación del artificio estatal. Llegado este punto no podemos, empero, compartir uno de los corolarios de su antiestatis­mo: no ya el apoliticismo sino su declarado carácter antipolítico.

2.2. El abstraccionismo político. Lo que hoy nos parece normal, las ideas políticas, es algo relativa­

mente nuevo. Hasta la difusión de los ideales ilustrados, a nadie se le hubiera ocurrido poner a los ciudadanos o subditos de una república al servicio de semejantes entelequias. Hoy, cuando el hombre de la calle reniega del partidismo y confiesa en las encuestas sociológicas que carece de ideas políticas, se está pronunciando, tal vez incons­cientemente, contra esos modernos idola del foro . Por fortuna, al ciudadano típico, ocupado en sus asuntos, han dejado de agradarle las modernas proclamas políticas en las que una organización se arroga la defensa de singulares causas: la clase o el partido; la paz o la justicia social; el sur. Esto sólo es concebible en un ambiente esta­tal, tan propicio a la formulación racionalista de un pensamiento que tiene fondo utópico. N o es causal que la supervivencia del Estado se haya producido a expensas de la transformación de los elementos de la realidad política europea, una tradición que enseñorea mediante categorías fácilmente tratables y objetivables -legislación estatal, macroeconomía-.

La política, entendida como una actividad sometida a un saber práctico y prudencial, nada tiene que ver con el estilo que el revolucio-narismo8 moderno imprime en el cuidado de los asuntos públicos. La política ideológica, expresión aceptable de la mística secular revolucio­naria, se convierte en una fuerza superior para la movilización de las conciencias y, lo que es más importante, para la llamada de la voluntad a la acción. El fondo utópico de la nueva política confluye, en el ambiente estatal, con otro producto típicamente racionalista: el cienti-

(8) C a s i toda la política c o n t e m p o r á n e a , en función de su carác ter constructivista,

sería «revolucionaria».

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ficismo. Se identifican así ciencia e ideología. La política, plagada de ideas, pasa entonces a ser la suprema ingeniería de la sociedad. Está permitido, porque es factible, someter la acción política a un cálculo de los medios sin precedentes, sobre todo, como se sabe, del terror, que no es más que una administración estratégica y sistemática de violen­cia. El resultado de estos procesos ha sido, en general, la superintelec-tualización de la política, o sea, la marginación de sus formas pruden­ciales, en particular del liberalismo, pues nada tenía que hacer esta forma de realismo político frente a la eficacia taylorista de las ideo­logías revolucionarias.

Como contrapunto de nuestra exposición, hay que dar entrada aquí al debate que en 1960 abre D. Bell con su archicitado libro El fin de las ideologías. ¿Era cierto que las ideologías políticas se habían agotado en los años cincuenta, según rezaba el subtítulo de dicha obra? ¿Se habría transformado la política, de nuevo, en una actividad prudencial o realista? Entonces no se hubiera podido dar una res­puesta adecuada a estas preguntas y a otras parecidas. Sin embargo, una vez superada la trampa ideológica que pretendía reconducir la tesis del f in de las ideologías a una nueva versión de la doctrina polí­tica del adversario, el sentido último de la histórica polémica está más claro.

Aquella tesis no era, ni mucho menos, una suerte de llamada al pragmatismo conservador -este razonamiento de la izquierda sólo demostraba que toda ideología necesita frente a sí a un enemigo homogéneo, a ser posible idéntico- . Tampoco se trataba, como desde el otro lado de las barricadas se argumentó, de que la política se había liberado del pathos conflictivo. El problema, visto a la luz de la crisis de la estatalidad, ofrece hoy nuevos matices. Lo que se percibía como la sustitución de unas doctrinas periclitadas (política de clases) por otras de nuevo cuño (política de competencia técnica), encubría, en vir tud precisamente del predominio de las categorías ideológicas, la liquidación de la política abstracta monopolizada por el Estado.

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2.3. La heterogeneidad del discurso político. Cuando C. Schmitt polemizaba contra el parlamentarismo de entre-

guerras en un conocido opúsculo?, rozó una de las dimensiones esen­ciales de la actividad política, a saber: el tema de la producción de un discurso político coherente con la situación histórica de la unidad polí­tica. Esta coherencia, que no es lógica sino existencial, trasciende los problemas, muchas veces de carácater técnico, con los que chocan los gobiernos cuando sus titulares invocan a la opinión pública. En reali­dad afecta a la propia consistencia de los regímenes políticos, uno de cuyos ingredientes es el puñado de certidumbres que, abierta o implíci­tamente, informa las dialécticas políticas mando-obediencia, público-privado y amigo-enemigolO. La fortaleza de un estilo de vida político, sus posibilidades de estar a la altura de las circunstancias, está determi­nada por la homogeneidad de las creencias que afectan a sus conteni­dos esenciales.

La sociedad industrial y la democracia de masas también presupo­nen la eficacia basal de ciertas creencias. La inteligencia política, que a veces se deja llevar por los lugares comunes, ha sido reacia a admitir que los principios que inspiran nuestro modo de vida no son angélicos. Tampoco ha gustado de reconocer la superposición y la difícil coexis­tencia de postulados irreductibles. Por eso, en nuestra época ideológi­ca, la opción de la teoría que goza del favor de los agiotistas y oportu­nistas de la política es aquélla capaz de encajar preceptos y creencias de distinta naturaleza. Cuando los a priori ideológicos surten de fines a la ciencia, ésta se convierte en su sierva y se consagra a su misión, es decir, a producir seguridad.

El cálculo del consenso - la alta matemática constitucional- o la confianza en los medios de comunicación masiva como formas eficaces

(9) N o s referimos a «Situación histórico-intelectual del Parlamentarismo de h o y » , disponible en el volumen Sobre el parlamentarismo, T e c n o s , 1990.

(10) Estos presupuestos de lo pol í t i co han sido tratados s is temát icamente por J . F r e u n d en L'essence du politique, Sirey, París, 1986. Existe una t raducción española de 1968 en la E d i t o r a N a c i o n a l .

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de socialización política, contribuyen a crear, en medio de transforma­ciones históricas, la impresión falsa de la trabazón del sistema de cre­encias de nuestras sociedades. La Sociología política y la Teoría políti­ca positiva están incapacitadas, en virtud de su fe en las posibilidades de las técnicas que manejan, para detectar la heterogeneidad de los preceptos que orientan la vida colectiva. De hecho, son coetáneas for­mas opuestas de representarse los fines y los medios de la actividad política. Este proceso, que caracteriza las épocas de transición, consiste en el descarado encabalgamiento de lo muerto con lo vivo en política. Para no extendernos demasiado, un buen ejemplo de la heterogenei­dad de nuestro mundo político lo constituye la resistencia, bajo especie de conservadorismo, de algunas ideologías decimonónicas. El sindica­lismo, que en sus formas mutualistas originales nació como una forma de aseguramiento privado, se adaptó plenamente a la práctica pública de las primeras ideologías antiestatales -colusión anticapitalista; antili­beralismo-. Después, siguiendo un común destino con el socialismo, se transformaría en la ideología estatista que conocemos hoy, operadora indirecta e ilegítima, especializada en la defensa de los llamados intere­ses de clase mediante el Derecho social.

La heterogeneidad de nuestra cultura política dificulta la renova­ción del saber y de la práctica políticos. Esto no será posible hasta que los discursos ideológico-abstractos se hayan purgado de todos sus mitos -Estado de bienestar; solidaridad; justicia social- y de todo maniqueísmo -el nacionalismo de los salvapatrias; emancipacionismo; satanización de la fuerza y el poder enemigos-.

2.4. La degradación del lenguaje. La dificultad para el acuerdo en los asuntos públicos, determinada

por la contradicción de los argumentos más usuales, se ve agravada por el deterioro del lenguaje político. Las palabras, en no pocas ocasio­nes, han dejado de tener utilidad para dar referencias precisas de lo que acontece. Así, el prestigio de voces como «liberalismo» o «liberal» ha inducido a los más variopintos partidos o doctrinas a reclamar para

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sí tan aureolados vocablos. Qué decir del par dialéctico, superefectivo, «progresismo»/«reaccionarismo». O de la «igualdad».

Actualmente es un hecho contrastado que no hay ideología política que aspire a detentar el poder -sea por el imperio de la violencia, sea por el de los votos- que no haya sido capaz de dotar a su discurso con el prestigio de ciertas ideas. Así, la propaganda puede santificar y hacer intocable lo que en determinado momento se considere como una adquisición histórica de una organización. De no mediar una valiente pedagogía política que no haga concesiones a los tópicos, no parece que las cosas vayan a cambiar enseguida. Llamar a las cosas por su nombre, mientras sea posible, es el remedio más efectivo contra la popularidad de las ideas-fuerza en torno a las cuales, como es sabido, se aglutina la defensa de los privilegios, en muchas ocasiones ilegítimos.

El lenguaje políticamente correcto viene a ser la cristalización y el relicto de un buen número de falsificaciones políticas: desde el falso ideal político de una solidaridad de mil especies a la vaguedad, que muchos aún suscriben, de la justicia social; desde la defensa numantina de los llamados «intereses generales» a la promoción del particularis­mo (antirracismo, feminismo, abortismo), todo es defendible para los intelectuales estatistas.

3. LOS PSEUDO-LIBERALISMOS.

El liberalismo no ha registrado nunca las típicas conductas sectarias que han caracterizado a tantas ideologías contemporáneas. Esto ha sido posible porque se trataba de una forma de vida, no susceptible de ser aprendida en alguna suerte de breviario o catecismo político. No quiere decirse con ello que el conflicto no haya existido ni que, según cierta terminología, se hayan producido «defecciones». Como quiera que nuestro objetivo es aproximarnos a un liberalismo esencial, nos ahorraremos aquí el revisionismo histórico. En nuestra situación, tal vez resulte más práctico reivindicar el alto rendimiento del liberalismo político en la renovación de nuestro estilo de vida.

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Sin caer en maniqueísmos, es necesario, no obstante, ponernos en claro sobre el sentido de ciertas ideologías, algunas de las cuales, auxi­liadas por la propaganda y el prestigio de las ideas, pueden pasar vaga­mente por neutrales, progresistas o, más grave todavía, por liberales. Veremos, pues, que no hay liberalismo verdadero, ni posible, en el estatismo, ideología que concibe el Estado como fermento del progre­so. Tampoco en los expedientes técnico-neutrales de las burocracias o del juridicismo. Asimismo, intentaremos mostrar, por último, que el economicismo neoliberal no coincide plenamente con el (neo)liberalis-mo político.

3 .1 . El estatismo. Parece una ironía de la historia que en los años 60, Aron tuviese

que recordarnos/advertirnos que, de alguna manera, todos éramos marxistas. Aquella afirmación, vertida a un lenguaje más actual, rezaría que las generaciones centrales del siglo XX han sido, en esencia, estatis-tasll. El caso más relevante de los efectos de la pedagogía estatal tal vez sea el del grueso de la intelectualidad francesa, cuyo republicanis­mo, de derechas o de izquierdas, es constitutivamente estatista 1 2. La construcción del Estado francés, soñada, según la leyenda nacional, por los cuarenta reyes, y culminada por los enemigos de la tradición, tuvo como consecuencia la dudosa ventaja de pensar la política desde el Estado 13.

La eficacia del orden estatal determina a todos los pretendientes del poder a constituirse en «organizaciones», siempre en función de la

(11) E n su opúsculo La democracia después del comunismo, p. 3 2 , Al ianza , 1993 , el poli t icólogo italiano G . Sartori afirma, con razón, que la socialdemocracia se habría con­vertido en la forma mentís occidental.

(12) Por eso, cuando el intelectual francés diserta sobre ]a crisis de la política, lo que hay detrás de sus planteamientos es el particularismo nacional que percibe la crisis del Estado como una crisis de la política, pues al estar identificado el primero con los ideales de la République francaise, se le presupone eterno desde su teología política secularizada.

(13) Es to explica el sesgo estatista del liberalismo de tipo continental o francés. C f r . D . Negro , La tradición liberal y el Estado, cap. I I I , Unión Editorial , 1995.

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forma específica adoptada por los contrincantes políticos más podero­sos. La concurrencia en dicho orden trae prendida, además, una leal­tad implícita a sus reglas de juego. La resultante de estas exigencias ha sido históricamente uno de los grandes enemigos del liberalismo políti­co, pues le ha forzado a transformarse en una ideología equiparable al socialismo, capaz, por tanto, de ocupar su lugar. Esto era, probable­mente, lo que a los ojos de Hayek justificaba la alianza de ocasión entre los liberales y los partidos conservadores del pasadol 4 .

La fraseología de la «explotación», quienesquiera que fuesen los sujetos activos y pasivos de la misma, ha gozado de una amplia recep­ción en muchos estratos sociales. Entendíase, según una curiosa inter­pretación de la política, que el usufructo del poder por los adversarios políticos era malo en sí, mientras que cuando la titularidad del mismo recaía en los correligionarios, el poder era necesariamente benefactor o emancipador. Dicho razonamiento oscureció una cuestión decisiva, a saber: que el poder, en sí, no es ni bueno ni malo en términos morales; tampoco demoníaco o salvífico, como han sostenido algunas teologías políticas secularizadas. El poder es una realidad emergente y disponi­ble, adecuada para el cumplimiento de ciertos fines. Las posibilidades que ofrece pueden verse truncadas, no obstante, si se hace de él un uso despótico o si, por el contrario, es ejercido sin convicción desde una magistratura exangüe. La dignidad del poder, como veremos más ade­lante, trasciende la pequeña política. Contra la prédica de las teodiceas seculares, el poder no es el responsable del malestar contemporáneo. ¿No será el Estado, después de sus trescientos años de gracial5, el res­ponsable de la desorientación y desencanto políticos? ¿Acaso no es ya el principal obstáculo para el progreso?

(14) Véase el post-scriptum «Por qué no soy conservador» de F . H a y e k en su obra Los fundamentos de la libertad, O O . C C . , v o l . X V I I I , Unión Edi tor ia l , 1991 .

(15) E l maltrecho Estado dio forma al m u n d o espiritual que hemos heredado. E n su haber han de recogerse la paz aparente dentro de sus fronteras - l a neutralización del enemigo inter ior - , así com o el é x i t o en la l imitación de la violencia exterior -jus gen-tium europaeum-.

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Un análisis filosófico-político del Estado y de la letanía de Nuevos órdenes que lo acompañan a lo largo de este siglo, nos lo presenta con una faz torva y bajo los ropajes ideológicos de las misiones históricas. Su tnodus operandi ha sido la generación de un estado de excepción permanente. Mediante esta argucia como coartada de su dominación, le ha sido dado confiscar los diversos elementos de la tradición política occidental. Cuánta razón tenía Cari Schmitt en insistir, frente a la ceguera para la política de los teóricos del Estado de derecho, en el estudio de la situación de excepción.

El recurso a este tipo de expedientes supuestamente transitorios permitió al Estado, desde la época de los comisarios regios, ir apro­piándose del derecho de las comunidades jurídicas, proceso que culmi­na en la elaboración de los modernos Códigos civiles. Si el Derecho fue expropiado con el auxilio de los abogados, la actividad económica lo fue bajo el consejo de los economistas profesionales. La suerte de las naciones no fue distinta, pues cayeron en la servidumbre estatal por la acción de la poderosa ideología nacionalista. Esta forma de estatismo encubierto utilizó y transformó buena parte de las naciones europeas, por no señalar las que creó ex nihilo. También las dinastías nacionales, al menos desde Federico II de Prusia, han sido puestas al servicio del mantenimiento del statu quo estatal. Lo que G . Ferrero denominaba cuasilegitimidad^6, nos parece a nosotros que era el indicador de hasta qué punto las monarquías europeas se habían resentido tras la altera­ción de sus finalidades o funciones, habiendo permanecido intactos sus principios. Qué decir del explotador explotado, los partidos políticos, organizaciones a las que los críticos de la partitocracia imputan, no sin razón, ciertos abusos. Un visión más actual del Estado partitocrático sugiere que los utilizados son, más bien, los partidos, en cuya lógica natural está inscrita la lealtad al Estado conquistado. En esta trampa suelen quedar presos los partidos de la reforma.

(16) Véase G . Ferrero, El poder. Los genios invisibles de la ciudad, cap. 15, T e c n o s , 1991.

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La obra histórica del Estado ha parado en el estatismo conservador, ideología que pretende legitimar el mantenimiento del monopolio estatal echando mano de su fondo utópico. Por desgracia -por fortuna, más bien-, esa estructura inmensa es un gigante con pies de barro. Contémplese la paradoja de un Estado hipertrofiado, recargado de prerrogativas, que se ha despolitizado, es decir, que se ha vuelto inca­paz de dar cumplimiento a las finalidades de la política. En estas con­diciones, sólo el liberalismo político puede devolverle a la actividad política una vitalidad que el Estado ha estrangulado. A l no ser ya posi­ble la componenda entre el liberalismo y la ideología estatista, salvo que se quiera correr el riesgo de los que hemos llamado aquí partidos de la reforma, al primero sólo le cabe levantar la bandera del antiesta­tismo, aunque no de cualquier manera.

3.2. El tecnocratismo. A los ojos de ciertas generaciones, acaso diezmadas por una guerra o

hastiadas por la corrupción de un régimen, la política se ve como una actividad caducada, como el desencadenante de una suerte de decaden­cia histórica. Aunque la interpretación opuesta, como se puede imaginar, ni ha sido ni es infrecuente, ahora sólo nos interesan las tesis críticas.

El desprestigio de la política, acompañado del desencanto de la comunidad política sobre las posibilidades de aquélla, son el caldo de cultivo de una curiosa variedad del utopismo político. Nos referimos a los expedientes técnico-neutrales, llámense tecnocratismo o burocratis­mo. Estas ideologías se fundamentan en la ilusión racionalista que aspira a eliminar la conflictividad inherente a toda política. El experto es su canon humano, y la pericia técnica o competencia su virtud más acreditada. Se presume que el bagaje científico del experto será el remedio contra el voluntarismo del poder político, enfermo, tal vez, del pathos que Fernández de la Mora impugnara en su famoso l ibro*7.

(17) Véase G . Fernández de la M o r a , El crepúsculo de las ideologías, espec. cap. 5 y

apénd. I , Espasa-Calpe , 1986.

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Los riesgos derivados de este pensamiento no son desdeñables. A pesar de su prestigio social y de sus aparentes bondades, detrás de la ideología tecnocrática econtramos dos presupuestos inaceptables: I o . La sustitución de la actividad política por un proceder técnico-cientí­fico, es decir, el sometimiento a peritaje racional de todo conflicto y de toda diferencia sentimental. 2 o . La presunción de que la técnica es lo objetivo, la actividad neutralizadora y antiideológica por excelen­cia. En este sentido, nada impide reconocer el papel de la técnica dentro de los límites controlables de una obra de ingeniería. Sin embargo, una sociedad sometida a los mismos patrones difícilmente podría funcionar, pues nada pueden decirnos los saberes técnicos acerca de la prelación de los muy diversos y contradictorios fines que persiguen los individuos.

3.3. El juridicismo. Desde los tiempos de Platón, los problemas motivados por el

ejercicio del mando tienen, como se sabe, una estrecha conexión con el derecho - p a r t i c u l a r m e n t e con el Derecho p o l í t i c o - . Enfrentados al dilema del mandato de la ley o de la decisión del magistrado, los hombres han visto en el imperio del derecho una defensa o garantía frente al voluntarismo, la arbitrariedad y el abuso de poder. Esto es lo razonable, pues acredita el carácter ins­trumental del derecho. Sin embargo, cuando se pretende ir más lejos y se aspira a eliminar, no ya la arbitrariedad, sino todo volun­tarismo -id est, los imponderables que ninguna regla puede preten­der contemplar-, se alteran sensiblemente las relaciones entre la política y el derecho. Que todo imprevisto pueda ser susceptible de embridarse en la norma es una falsa creencia. Quienes, frente a las enseñanzas de la historia, defienden la juridización de la política, creyendo encontrarse así a cubierto de lo arbitrario, abandonan el más elemental de los realismos políticos. Así sucede con el jur id i -cismo, especie ideológica derivada de la sacralización del Estado de derecho (Rechtsstaat), al que, por cierto, se suele confundir con

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demasiada frecuencia con el gobierno bajo el imperio de la ley (Rule of law).

El derecho, que nunca existió como una mítica donación del Creador, es una producción humana -esto, que no prejuzga su premedi­tación o su espontaneidad, no debe entenderse, obviamente, en un senti­do constructivista- El derecho tiene unos fines específicos que no cabe reformar o alterar, so pena de transformarlo en algo totalmente distinto. Entre esos fines, hasta donde alcanzan nuestros conocimientos, no se cuenta la transformación de la política en una actividad angélica y previ­sible, purgada de toda incertidumbre y de todo vicio. Hay, pues, un fondo de indeterminación en la política que escapa a toda regla.

La polémica sobre la normalidad y la excepción, sobre si era facti­ble poner leyes a la necesidad, tan típica de la ciencia jurídica de entre-guerras, carece hoy de interés para muchos juristas. Su esfuerzo, salvo excepciones, se concentra en una concepción de la ley acuñada por la ideología juridicista, que prescinde de la política. La misma idea del Estado de derecho, si bien se ha apartado un tanto de la sugerente norma fundamental hipotética de Kelsen, sigue estando culminada, «garantizada» dicen los textos, por valores constitucionales. N i rastro de la fuerza racionalizada.

Que no se diga que se defiende aquí la arbitrariedad del poder, pues nada tiene que ver el diagnóstico de un mal con su apología. Está fuera de duda la conveniencia de la limitación de todo poder. Ahora bien, lo que no parece aceptable es que los principios que inspiran el Estado de derecho se utilicen como la ideología que santifica subrepti­ciamente el voluntarismo político. Al final, cuando se expulsa a la polí­tica de su lugar natural, ésta reaparece, inesperadamente, bajo formas apócrifas. Estas cuestiones, por desgracia, no nos son extrañas. Actualmente tienen una curiosa reviviscencia, pues frente a la corrup­ción de los oficios y dignidades públicas se propone la juridización de la actividad política. N o sabemos, sin embargo, qué misteriosos cam­bios de la realidad se precisan para que los procesos judiciales se trans­formen en una actividad redentora.

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3.4. El economicismo. El economicismo es un error intelectual generalizado y antiguo.

Esta ideología, con tintes historicistas en el caso del marxismo, presu­pone que la economía es la actividad humana primordial, el determi­nante estructural, como decían muchos, de las manifestaciones de lo humano: la política, el derecho, la religión, el arte, la ciencia, etc. El materialismo dialéctico y sus consecuencias políticas están hoy sufi­cientemente desacreditados. Si como «ciencia» sus contenidos carecen de sentido y rigor, como ideología política ha quedado, salvo alguna reviviscencia postrera, fuera de la historia. Interesa hoy, más bien, ana­lizar cuál es la posición del neoliberalismo, pues sus partidarios, a veces sin darse cuenta, proclaman un materialismo de nuevo cuño. A muchos liberales del cambio de siglo ya no les hacía falta profesar de marxistas, pues entre sus convicciones se había colado la creencia en el primado de la economía. Para no alejarnos demasiado de las corrientes más actuales del pensamiento, centraremos nuestro análisis de la veta economicista del neoliberalismo en una consecuencia inadvertida en la polémica sobre la imposibilidad del cálculo económico socialista.

El punto de partida de la escuela austríaca, según es notorio, lo constituye la tesis de la incapacidad de la mente humana para apercibir­se de todas las informaciones relevantes y dispersas en el mundo moral (y físico-natural). De ahí, precisamente, la crítica de la planificación socialista^. Esta no sería eficaz por tres motivos esenciales: a) es una falacia la omnisciencia de los directivos del plan; b) la intervención paternalista de la economía distorsiona, en términos empresariales^, la percepción de las oportunidades del medio y c) dado que la economía es constitutivamente un mundo de valoraciones subjetivas, la personal

(18) E l profesor J . H u e r t a de Soto es el autor de un libro, primer volumen de u n p r o y e c t o m á s a m b i c i o s o , en d o n d e se t rata p o r m e n o r i z a d a m e n t e de estos temas : Socialismo, cálculo económico y función empresarial, Unión Edi tor ia l , 1992.

(19) L a noc ión de «empresario» y «empresa» , depurada de los excesos racionalistas weberianos, ha sido desarrollada por I . M . K i r z n e r . Véase su libro, Competencia y fun­ción empresarial, Unión Edi tor ia l , 1975 .

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apreciación de las cosas es insustituible para la formación de una mag­nitud esencial, el precio de las mercancías. Mises planteó la situación con mucha finura en el capítulo X I de su conocido tratado de economía La acción humana. Se recoge en estas páginas un hallazgo de primer orden: la posibilidad teórica y la realidad histórica de sistemas de eva­luación sin cálculo. Una definición practiquísima del socialismo, par­tiendo de aquí, lo describiría como un forma específica de la actividad económica en la que la evaluación de las cosas, el descubrimiento de sus precios, no depende del cálculo económico sino de otro tipo de criterios -particularmente de la decisión política-^. Nos preguntamos por qué ni Mises ni sus discípulos, en especial Hayek, han querido sacar la lógi­ca consecuencia de su refutación teórica del socialismo, a saber: la eventual imposición política de valoraciones económicas.

¿Por qué estos economistas no admitieron la contundente realidad de los regímenes socialistas, en los que la acción política propició un tráfico económico que, al menos provisionalmente, prescindió de las ventajas de un mercado sin trabas? ¿Cómo es que ignoraron la vieja práctica de los precios por decreto, de las escaseces artificiales, de la mala ley de las monedas, de la inflación premeditada? La respuesta, muy probablemente, tenga que ver con el desprestigio de la Economía política a partir de los neoclásicos. Por otro lado, el razonamiento de los austríacos, desde las premisas de la cataláctica, era impecable: la cataláctica o economía privada, lo mismo que la económica familiar, es apolítica. El apoliticismo de la economía privada no quiere decir, sin embargo, que toda la actividad económica quede comprendida en sus estrechos límites, ajena por completo al desenvolvimiento de otras actividades humanas. Eso es una ensoñación.

Desde nuestro intento de reivindicar el carácter político del libera­lismo, dos son los errores que cabe imputar al economicismo. En pri-

(20) C f r . con J . H u e r t a de Soto, op. cit., pág 25 . «Socialismo, nos dice este autor, es

todo sistema de agresión institucional contra el libre ejercicio de la acc ión h u m a n a o

función empresarial» .

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mer lugar, que no toda la economía humana es economía privada; dicho en otros términos: la actividad económica no es per se estatista, mas tampoco antiestatista, como se podría deducir de las tesis de Rothbard. Por otro lado, ignorar el primado de la política, confiando «hayekianamente» en la conversión a la verdad de las mentes confun­didas, no es algo para este mundo. La pregunta, en tal caso, no es si el socialismo habrá sido un error 2 ! , sino sobre qué se funda nuestra con­fianza en que las gentes vamos a dejar de equivocarnos. Al final, es muy posible que el economicismo nos devuelva, reflejamente, una política apócrifa. La implantación de las economías sin cálculo en la Europa oriental ilustra nuestra tesis: la ideología que postulaba el pr i ­mado de lo económico, no triunfó en virtud de la inexorabilidad histó­rica de las transformaciones en los modos de producción, sino por el imperio de unas pocas voluntades, en concreto por una serie de deci­siones políticas dictadas por los detentadores del mando 2 2 .

4. LA ANTI-IDEOLOGÍA LIBERAL.

Los usos mentales del abstraccionismo político han dejado reducida la política a su cuerpo astral, como sugería, hace ya algunos años, un catedrático de Derecho político al viejo estilo 2 3. Su impresión, que compartimos, nos hace preguntarnos si esta situación es retornadiza, si será factible rescatar a la política del mundo aparencial y superraciona-lizado de las ideocracias. No creemos que la política pueda dejar de ser una actividad ideológica algún lejano día; fundamentalmente porque

(21) Véase F . H a y e k , La fatal arrogancia, p. 33-39 .

(22) L . E r h a r d , que tanto tuvo que ver con el l lamado «milagro alemán» y que, por cierto, carecía de los prejuicios antipolíticos, insistía siempre en las posibilidades de la acc ión política: «La introducción de la e c o n o m í a de mercado libre en Alemania -aconte­cimiento casi único en la h i s t o r i a - se verificó por medio de unas cuantas leyes y de una decisión libre de c o m p r o m i s o s » . L a cita la recogemos de su libro Bienestar para todos, p. 3 3 , Unión Edi tor ia l , 1989.

(23) N o s referimos al profesor R. Fernández-Carvaja l . V e r su tratado El lugar de la Ciencia política, p. 4 8 , Universidad de M u r c i a , 1981.

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un aspecto básico de toda política es el hacer creer. Existe, sin embar­go, una gran diferencia entre las formas moralizadoras y activistas que han adoptado las ideologías contemporáneas y su versión realista 2 4 . Esta distinción de última hora nos parece imprescindible, pues preten­demos recalcar lo que separa al liberalismo político de las ideologías abstractas, sin correr el riesgo de quedarnos con una política triste y ajena a la esperanza, presa de la facticidad. Aclarado queda entonces que sólo en estos términos nos referiremos al liberalismo político como un saber práctico y anti-ideológico.

4 .1 . El liberalismo no es una teoría científica. El pensamiento constructivista2^ se basa en la creencia, típicamente

moderna, según la cual todos los saberes sociales son susceptibles de pergeñar modelos alternativos de sociedad. Se amalgaman así la utopía clásica con las rutinas y métodos científicos. El resultado ha sido parti­cularmente pernicioso en el campo de las «humanidades», pues han menudeado los ensayos de asimilar la realidad a ciertas teorías científi­cas. Ha sido el caso de la Sociología, ocupada por los reformadores sociales y por los profesores contraculturales; también del Análisis económico 2 6 y, sobre todo, de la Political Science.

El cientificismo que impregna hoy tantas disciplinas, fruto tardío del racionalismo moderno, encontró el terreno abonado en el campo político. Fue el socialismo el que proclamó, frente al supuesto oscuran-timo de la política tradicional, la neutralidad y objetividad científica de

(24) J . F r e u n d se ha referido a u n precepto polí t ico esencial, cuyos dos té rminos

subsumen con raro acierto las dos especies y funciones de la ideología: «il faut savoir

envisager le pire, non pas faire la polítique d u pire». V i d . «L'éternelle politique», en la

revista Paysans, oct .-nov., 1976, p. 57. T a m b i é n , del mismo, L'essence du politique, p.

4 1 9 - 4 3 8 .

(25) Adoptamos aquí la terminología hayekiana que opone pensamiento evolucio­

nista y constructivista.

( 2 6 ) V é a s e J . F r e u n d , L'essence de l'économique, P r e s s e s U n i v e r s i t a i r e s de

Strasbourg, Estrasburgo, 1993 , en donde el autor devuelve a la E c o n o m í a su dignidad de

«actividad humana» .

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su repertorio. Así se sintetiza, pues, el episodio de la confluencia del activismo ideológico con la arrogancia cientificista. Después de haber mordido del fruto del árbol de la ciencia, el hombre se encontraba en plena posesión de la arquitectura social por excelencia: la política. Ésta sería, por f in, medible, operable. Incluso se concibió la posibilidad de transformarla en una religión secularizada, el compromiso definitivo entre este mundo y el otro.

Ésta es una falsa concepción de la política, a la medida de los usos mentales de las nuevas élites y de su cohorte de intelectuales. Frente al mito de la política-ciencia, que esconde un despotismo de la peor espe­cie, el liberalismo político es refractario a la proyección de organiza­ciones sociales. Conviene insistir una vez más: se trata del pensamiento de un orden.

4.2. El liberalismo no es un moralismo. Ciertas representaciones de la naturaleza humana han desacredita­

do la historia vivida. Suelen presentar al hombre sometido a servidum­bres insorportables como el tráfago económico o la actividad política. En este tipo de convicciones se reconoce, sin embargo, uno de los ras­gos esenciales de nuestra especie: la necesidad de creer y representarse mundos mejores. Los problemas sobrevienen cuando se recurre a la violencia para redimir a aquéllos que, por distintas razones, no com­parten el ideal. Ésta es la raíz, como ya se sugirió antes, del utopismo contemporáneo.

Aunque no sean de recibo las aspiraciones del activismo utopista - la moralización de la política-, es algo que está a la orden del día. Los discursos sobre la regeneración de la fuerza, el derecho o la paz son sólo un ejemplo de su difusión y prestigio. La experiencia parece con­tar muy poco aquí, pues las promesas de redención se suceden sin que los creyentes se percaten de su fracaso. Es muy posible, por otro lado, que la pureza de intención de los profetas políticos sea irreprochable, pues es raro que el ser humano se reconozca a sí mismo como moral-mente perverso, o admita la maldad intrínseca de sus fines y ambicio-

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nes. Por desgracia, nada nos garantiza, tal y como apuntaba Aron, que quien quiera hacerse el ángel no termine convertido en nuestro verdu­go. Qui veut faire l'ange fait la béte27. Por eso, la concepción realista de la política, de la que participa el liberalismo, presupone el primado de lo que Max Weber llamó ética de responsabilidad sobre la ética de convicción. Es inadmisible la impunidad que la santidad de los fines garantiza a un proceder político atroz y desproporcionado -elimina­ción física del enemigo y del indiferente; confiscación de la propiedad; ostracismo y un largo etcétera de medidas-.

4.3. El liberalismo es un saber de prudencia. Representarse el liberalismo al modo de un moralismo, regenera­

dor de la historia o de la violencia, es desfigurar y desvirtuar su esen­cia. Nada tiene que ver con esto su caracterización como un saber práctico con exigencias morales. Aquí radica, tal vez, una de las pecu­liaridades sobresalientes de la política europea/occidental.

El poder es la piedra de toque de toda política. A l menos en dos sentidos. En primer lugar, las políticas posibles presuponen un diverso repertorio de medios eficaces y aceptables para concurrir en la lucha por el poder. Éste, a disposición de los adversarios, debe ser conquista­do, ocupado, instrumentalizado. Se clarifica así una notable distinción entre el liberalismo, como saber político prudencial, y las ideologías abstractas o políticas de máximos. En v i r tud de su disponibilidad, renunciar a apropiarse del poder es abandonarlo al albur del contrario y correr el riesgo de ser rebasados por la realidad o, lo que es lo mismo, por la historia. Ahora bien, la experiencia señala las diversas especies de la apuesta por el poder. No es irrelevante que se persiga a cualquier precio. Cuando el poder se convierte en el objetivo único y excluyente, se consuma la transmutación de los fines políticos; cual­quier otra consideración decae. Esta contingencia, que ninguna con­cepción de la política puede permitirse el lujo de ignorar, nos advierte,

(27) R . A r o n , Démocratie et totalitarisme, p. 2 9 9 , G a l l i m a r d , París , 1992 .

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tal vez, contra lo que Fernández-Carvajal denominó giro de la política hacia el saber dominativo^.

En relación al poder, existe un segundo momento decisivo, a saber: en qué fines debe empeñarse una vez apropiado. También aquí se registran sensibles diferencias entre el abstraccionismo político y la política prudencial. El liberalismo, como saber prudencial, no hace del poder el f in de la acción política. En cuanto fuerza, el poder es, junto al derecho, un cualificadísimo medio de acción al servicio de las finali­dades de la política: promover la concordia interna y rechazar, llegado el caso, la agresión del enemigo. Una estrategia que abandona estos contenidos no dejará de ser, probablemente, una política, pero cierta­mente ya no podrá responder a las expectativas de las comunidades políticas, al menos en un sentido no estatal.

En resumen, para el liberalismo, la política no puede ser tan sólo un saber de medios, como si se tratara de una ingeniería social. También es un saber sobre los fines de la política a cuyo esclarecimien­to contribuye la tradición prudencial.

4.4. El liberalismo es inherente a la tradición política occidental. El sometimiento de la arbitrariedad y espontaneidad de la fuerza a

una regla, la limitación de la guerra, en definitiva, la humanización de la acción política, constituyen la esencia de la forma occidental de entender la política. De la misma manera que el método científico es una afortu­nada concreción de útilísimas reglas de conocimiento, el liberalismo, según todos los indicios, es la forma específica del saber político propia de la civilización occidental y proyectada por ésta al resto del mundo.

5. EL LIBERALISMO ANTIESTATISTA Y N O ANTIPOLÍTICO.

El liberalismo, como forma de entender la política y de cumplir sus fines, no ha transformado la esencia de lo político. En estos dominios

(28) Véase , R . Fernández-Carvaja l , op. cit., p. 340 .

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de la acción no caben hoy, en plena revolución de los usos mentales, demasiadas concesiones a la alegría de otrora: proyectomanía, utopis-mo, activismo. Sin embargo, esta actitud reservada no contradice un razonable optimismo histórico. Con estas premisas, nos disponemos a concluir nuestra exposición, recalcando que no hemos pretendido, en ningún caso, la fabricación de una política de nuevo cuño. Tan sólo, y no es poco, recordar la oportunidad, en el momento actual, de un libe­ralismo antiestatista, prevenido contra la tentanción ahistórica del antipoliticismo.

5 .1 . Un sentido para la política post-estatal. En los años 20, las ideologías románticas minaron la fortaleza

del liberalismo. Se le reprochó su neutralismo y se impugnó su inefi-c iencia ; t o d o esto, na tura lmente , desde las premisas de una Machtspolitik. Se le haría un flaco favor a la causa de la libertad si la vieja polémica se rechazase en bloque. Aunque hoy no sean ya aceptables los supuestos estatistas de aquellos críticos del liberalis­mo, hay que reconocer que en el cambio de siglo el grueso de lo que se denominaba liberalismo, o bien estaba bajo la influencia de un cierto revisionismo socializante (fabiano), o bien se limitaba a repre­sentar su papel de doctrina política promotora del estadoderechismo (ideología antipolítica del Rechtsstaat que, en su afán de legalizar el arbitr io de los gobernantes, casi ha destruido la noción de ley). Creemos, pues, que hay sobrados motivos para no ignorar que el liberalismo, en cuanto saber político realista, no es asimilable ni a una moral mundana de buenos sentimientos, n i a una teoría del derecho público.

La crisis que atenaza a los regímenes estatalistas contemporáneos es un desafío y una oportunidad para la inteligencia política. Con el Estado transformado en una burocracia implacable y llamado a resol­ver las más nimias cuestiones, la política corre, se expone, a transfor­marse en un procedimiento administrativo. En la certeza de que, en estas condiciones, la decisión política arbitraria aflorará bajo aparien-

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cia jurídica, le cabe al realismo liberal devolverle a la acción pública el nervio político que la hipertrofia estatal ha distendido.

5.2. La idea de un maquiavelismo moderado. En muy pronto para saber si el liberalismo podrá liberar a la política

de los usos mentales estatistas. En cualquier caso, es condición previa de la recuperación de la política la marginación de la leyenda negra sobre el poder y del miedo a usar de él en beneficio de la comunidad.

El poder, según se dijo antes, es uno de los medios prioritarios de la acción política y no su fin excluyente. Es esto algo de lo que no se puede prescindir sin que sufra nuestra percepción de la realidad, no sólo en teoría sino también en la práctica. Pocos autores en nuestro siglo han reivindicado como Aron la dignidad del poder al servicio de las libertades. Aunque a veces se olvide, el gran sociólogo francés fue partidario de lo que Maritain denominaba, con desazón, maquiavelis­mo moderado. N o es suficiente rechazar con firmeza los excesos del poder por el poder, del totalitarismo, del maquiavelismo absoluto. En realidad, llegados a este punto los problemas no hacen sino comenzar para los bellos espíritus. En el mismo escollo que el moralismo que sataniza todo poder humano se hunde el pacifismo: rechazar la guerra sólo puede ser una llamada al buen sentido político, a la política que a priori se repudia. Esta actitud tiene en realidad efectos polemógenos: un poder absoluto que erradique el poder viciado de los adversarios, es la promesa del despotismo; una guerra total que ponga fin a todas las guerras, multiplica los sufrimientos y las bajas.

Desde el punto de vista moral, aquí se le presentan al político algu­nos de los más graves dilemas prácticos. En primer lugar, no se puede pretender que el político siempre pueda elegir libremente entre los distintos medios que, en teoría, son propios de la acción política 2 9 .

(29 ) «II est v a i n d ' imaginer , nos dice A r o n , q u ' o n a toujours le l ibre chois des moyens» . Véase R . A r o n «La querelle du Machiavél isme», en Macbiavel et les tyrannies modemes, p . 3 9 3 , Fal lois , París, 1995.

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Por otro lado, en la situación extrema, no se puede renunciar a una concepción técnica o amoral (maquiaveliana) del poder30. Semejantes consideraciones, acaso puedan parecer extemporáneas al pensamiento político dominado por el consensualismo. La política, sin embargo, exige contar con lo peor para estar en condiciones de poder conjurar sus males.

5.3. Las relaciones política-economía reconsideradas. El liberalismo, aunque se pretende difundir lo contrario con vistas

a obturar sus posibilidades, es un saber político. Afectaría, en este sentido, a las ultimidades sociales^. Convendría, tal vez, poner en cuarentena su identificación/reducción a un puñado de leyes catalácti-cas o a unos cuantos principios de política económica anti-interven-cionista. Es comprensible la insistencia en este tema de buena parte de los economistas liberales; resulta sin embargo paradójico el enorme interés que el conservadorismo económico socialista viene mostrando en el particular.

Las relaciones de la política con la moral, no siempre pacíficas, constituyen uno de los contenidos esenciales del Derecho político, pues al cabo, en éste se define, normalmente en negativo, el estatuto de libertad de la persona moral. La actividad económica tampoco es ajena a las contradicciones políticas. La dialéctica entre la economía y la política, su mediación podríamos decir, estaría representada por el Derecho social, que en un sentido amplio abarca aquellas ramas del ordenamiento que reglamentan el trabajo humano y también,

(30) «Quand une nation est sur le point de se désagréger dans la guerre civile et dans la terrorisme, ce qui , pour beaucoup de philosophes de la politique, est le mal absolu, il faut bien reconstituer l 'Etat , et on ne reconstitue pas u n Éta t sans la pólice , sans l 'Armée et done sans un certain nombre de bavures. D a n s ees situations extremes, il y a une part de vérité dans la sagesse terrible de M a c h i a v e l : pour sauver une nation, il faut quelque fois perdre son a m e » . Véase R . A r o n , «Sur le machiavél i sme. Dialogue avec Jacques Mari ta in» , op. ext., pág. 431 .

(31) Véase R . Fernández-Carvaja l , op. cit., p. 226 .

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contra lo que se suele creer, toda la normativa que valida las políti­cas económicas. Por el momento, el estilo decimonónico que persiste en la jurisprudencia y la doctrina juslaboral impide pensar con una mínima claridad sobre las relaciones y recíprocas servidumbres entre la política y la economía. Acaso por este motivo, existe el riesgo de que los años de voluntarismo político intervencionista se transfor­men en otro reduccionismo de signo contrario, a saber: el economi­cismo antipolítico.

La política, libre de todo empecinamiento ideológico, no es la negación de la espontaneidad empresarial del orden de mercado. En todo caso, la economía de la empresa no es ni toda la economía, ni la única economía posible32. Ya hemos traído a estas páginas la prudente convicción de L. Erhard sobre las posibilidades de la prudencia y la decisión políticas.

5.4. El liberalismo como garantía de la democracia. Parece haberse olvidado últimamente que la democracia es un régi­

men político. Con frecuencia, se la reduce simplemente a un método de adopción de decisiones exportable a cualesquiera relaciones huma­nas. Otras veces es asimilada a todo lo bello y bueno, como si por defi­nición la democracia conocida excluyera todo conflicto. Así, ora se insinúa su identidad con el socialismo, ora con la paz mundial, ora con la igualdad plena de todos los seres humanos. Pero ¿comprende el público, a veces tan vulnerable a este género de manipulaciones, que estas desviaciones moralistas constituyen una de las más graves amena­zas para la democracia?

(32) N o estaría de más volver a considerar la actividad e c o n ó m i c a en sus tres dimen­siones, tal y com o era tratada hasta los modernos abusos del «análisis e c o n ó m i c o » , a saber: e c o n o m í a domést ica o de la familia , e c o n o m í a de la empresa o privada y eco­n o m í a pública o política. Se consultará con provecho J . F r e u n d , L'essence de l'économi-que, págs. 23-30.

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Como régimen político, la democracia tiene como presupuesto la libertad y como objetivo la igualdad jurídica33. Lo que la diferencia de los otros regímenes de la tipología clásica -monarquía, aristocracia- es la extensión del concepto de ciudadanía, así como la composición «numérica del poder». Si algún efecto perdurable han tenido las modas contraculturales que se difundieron con la revolution introuvable del mayo francés, ha sido la creencia de que los procedimientos de deci­sión democráticos deben adoptarse en los más variados ámbitos de la vida: en la enseñanza, en las relaciones parternofiliales, etc. Esto tiene tan poco sentido como someter toda política a la eficacia y al objetivis­mo técnicos, o la actividad económica al esteticismo moral de los críti­cos del capitalismo. Las consecuencias de estas falsificaciones, configu-radoras, en cierto modo, de una ideología muy difundida -democratis­mo-, no son para tomárselas a broma. El democratismo termina anu­lando las bondades del régimen democrático y, en contrapartida, pro-mociona una politización progresiva de la vida. El saber prudencial nos recuerda que la democracia no puede suplantar a la política. Precisamente por ser aquélla un régimen, se configura según las cate­gorías de lo político, cuyo concepto presupone la noción de democra­cia. N i siquiera en el caso de que nos fuese dado el ideal de una demo­cracia pura, dejarían de existir las dicotomías que atraviesan a todo régimen: la condición de los que mandan y los que obedecen; la sepa­ración o coaligación de enemigos y amigos políticos según afinidades; la valoración específica de lo que es materia de pública competencia o asunto particular o privado.

***

(33) Seguimos aquí el criterio de J . F r e u n d , expuesto en una notable a p r o x i m a c i ó n a los modernos problemas de la democracia : «Essence du politique et idéologie démocra t i -que», en el volumen Le Houvel Age, Ma rce l Riviére, Paris, 1970.

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Frente a estos peligrosos tópicos, y algún otro, el liberalismo anties-tatista y político promueve la dignidad del poder equilibrado, cance­lando algunas falsificaciones. Es refractario, asimismo, a un hipotético imperialismo de la economía, versión renovada aunque de distinto signo, de un monismo que dificulta la apreciación de toda la abundan­cia de la realidad social. Finalmente, y contra los riesgos para las liber­tades de una democracia moral, el liberalismo despliega los beneficios de su concepción de lo político.

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Capítulo V I

ESTATISMO Y CORRUPCIÓN ÉTICA

Jesús Huerta de Soto. Catedrático de Economía Política (Universidad Complutense.

INTRODUCCIÓN. Quizá nada haya hecho más daño al prestigio de los comporta­

mientos éticos a nivel social que el endiosamiento de la razón, de la ciencia y de la técnica, manifestados a lo largo de este siglo en el triunfo de una concepción «dentista» que, de manera torpe y meca-nicista, ha pretendido aplicar al campo de las interacciones sociales una metodología que inicialmente se formó para las ciencias natura­les y el mundo de la física. De acuerdo con esta concepción, al campo de las ciencias sociales habría de aplicarse con carácter sis­temático un estrecho criterio de «racionalidad», según el cual tanto la acción humana individual como la política a nivel general se consi­derarían determinadas por cálculos y valoraciones de costes y benefi­cios a través de un criterio de maximización que se suponía haría posible «optimizar» la consecución de los fines perseguidos a partir de medios dados. Según este enfoque, parecía evidente que las consi­deraciones relativas a los principios éticos como guías del comporta­miento humano perdían relevancia y protagonismo. En efecto, parecía que se había logrado encontrar una guía universal para el

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